martes, 16 de junio de 2015

Dieciocho Lunas


   En las calles de Buenos Aires aquella mañana fresca de mediados de Junio las aves cantaban y el único movimiento presente era el de sus alas revoloteando contra los techos de teja de las casas de la avenida. Las señoras con sus trajes de domingo se reunían en los cafés a dialogar, casi siempre se las oía parlotear sobre los próximos festejos en la ciudad o criticando a alguna vecina no presente, pero ese día se las notaba preocupadas. Aquel día, para ser más exactos aquella noche, sería la primer noche de luna llena desde que Tao, el menor de siete hermanos había cumplido sus dieciocho años.       En una ciudad tan grande como Buenos Aires, los pormenores de las vidas de las familias pasan desapercibidos, pero para aquel entonces, donde inclusive las paredes sabían y comentaban los nuevos chismes y cotilleo, la preocupación se volvió masiva.
   Tao siempre había sido un joven solitario, de los cuales suelen pasar desapercibidos, por supuesto sin tener en cuenta la polémica desatada luego de su nacimiento, y de los comentarios por lo bajo que terminaron convirtiéndose en cotidianos. Aquella noche que se avecinaba lo tenía muy nervioso, sus hermanos ya parecían tenerle miedo, incluso sus padres, aunque estos tratasen de disimularlo, era claro que todos esperaban lo peor.
   Tao no podía permitirse hacerle daño a nadie, mucho menos a su familia, así que sin perder tiempo emprendió viaje hacia las afueras de la ciudad, donde nadie nunca pudiese encontrarlo, donde dejaría de ser una amenaza.
   En su interior, además de miedo, Tao comenzaba a sentirse molesto, lleno de ira ; ¿Cómo pudieron sus padres ser tan inconscientes para concebir un séptimo hijo varón?, sabiendo lo que esto significaba. La sangre hervía en sus venas a medida que se alejaba de la ciudad. Una vez que logró alejarse lo suficiente observó la posición del sol, debían faltar menos de cuatro horas para su caída , ya su destino era inalterable.  Decidió recostarse debajo de un árbol, donde la fatiga y el enojo terminaron envolviéndolo en un sueño profundo.
   Era medianoche en la ciudad, su ciudad ¡Cómo la extrañaba! , la luna refulgía como nunca en el cielo, parecía más viva que nunca, como si pudiese caer en cualquier momento. Bajó la vista de ese hermoso cielo y observó que reinaba el caos, la gente corría de un lado a otro, los niños lloraban mientras sus madres en actitud protectora los alejaban de las calles, hombres asustados apuntabas sus rifles con pulso tembloroso.
   ¡El lobo ha llegado!- Exclamó un hombre mientras corría desesperada a refugiarse contra un paredón.
   Inmediatamente, doblando la esquina apareció una bestia negra de aspecto animal, tenía dos ojos rojos refulgentes como dos brasas encendidas, patas enormes similares a las de un perro, podía imaginar en su mente el destrozo que podían llegar a generar esas uñas en la carne humana, se sintió asqueado. La bestia tenía la altura de dos hombres y se dirigía corriendo hacia dos mujeres que no tuvieron ni la más mínima oportunidad de huir del ataque. En menos de un minuto se habían convertido en sangre y restos que caían por el empedrado. La bestia no parecía satisfecha.
   En ese momento Tao despertó, con un sudor frio que le recorría la espalda y bajaba hasta sus piernas.  Descubrió que había empezado a llover pero no recordaba haber visto el cielo nublado aquella tarde, así que observó su reloj, habían pasado casi tres horas desde que se había dormido y la noche ya había entrado en escena.
   Se sintió abrumado por sus sueños y por primera vez en mucho tiempo se permitió llorar, lamentándose de su existencia y de esa maldición. No podía volver a la ciudad, nunca. Se preguntó qué sería de la vida de su familia y se lamentó por el hecho de nunca poder tener una.
   La luna se encontraba casi en su punto máximo cuando Tao comenzó a sentir el cambio, su mente se sentía pesada, no podía tolerar la luz, sus brazos y piernas se estremecieron y los sintió más fuertes que nunca, Tao comenzó a correr. Lo sintió tan sencillo, tan fácil, corría a velocidades nunca vistas sin ningún esfuerzo, por primera vez se sintió pleno.
   Corrió por la enorme llanura, disfrutando su nuevo ser, con la luna siguiendo sus pasos, quiso detenerse, pero su nueva figura no se lo permitió; esta además poseía voluntad, tenía alma. Y no era buena, tenía ansias de destruir y lastimar.
   El lobo siguió corriendo y Tao aterrado descubrió que se dirigían a la ciudad, hacía su ciudad. Al llegar, la sintió distinta, fría, no sintió el aroma a verde mezclado con limón que siempre inundaba la misma; incluso las calles se encontraban más vacías que de costumbre. Recorrió en estado de alerta las cercanías de su hogar, husmeó por las ventanas pero no llego a divisar a nadie dentro, se le vino a la mente la idea de una ciudad evacuada por el temor de su regreso. No termino de salir de su ensoñación cuando un dolor punzante le penetro la espalda, escuchó gritos y pasos, luego se desvaneció.
   Despertó luego atado de pies y manos a los postes de la plaza principal. Observó vecinos empuñando todo tipo de armas, lanzas y pistolas, se le cayó el alma a los pies cuando vio que uno de ellos era su hermano. Dentro de sí, el alma de Tao se encontraba lista para rendirse, en cambio su cuerpo luchaba por liberarse de las ataduras. Una punta de lanza lo hirió en el hombro.
   Uno de los ciudadanos se apartó del montón para pedir por un poco de orden y silencio; luego añadió con voz gruesa y firme:
-Queridos ciudadanos, nos vemos aquí reunidos para ponerle fin a esta amenaza, a este error de la creación!, a este capricho de la naturaleza!
   A tao se le cerró el pecho, el poco aire que permitían las ataduras se volvió insuficiente. Sabía lo que significaba el fin, pero no podía creerlo, hacia un par de horas él era uno de esos hombres, pertenecían al mismo lado que él, se sintió traicionado.
   Su cuerpo de lobo había dejado de luchar hacía un tiempo cuando un hombre con la cabeza tapada se aproximó para verificar sus ataduras, Tao se volteó para observarlo mejor, era su padre, que con lágrimas en los ojos lo libero y le susurró en voz casi inaudible;
-Tienes que huir; esta ya no es tu casa.
   Tao corrió, intentando no mirar hacia atrás, a los hombres que lo perseguían y a su padre, y sin pensar en las consecuencias que este tendría que afrontar por dejar huir a su hijo, o a lo que quedaba de él. La fluidez con la que su cuerpo podía correr distancias largas sin siquiera suspirar seguía sorprendiéndole, corrió hasta llegar a la iglesia, el edificio más alto de la ciudad, y escalo hacia la azotea. Allí se desplomó en el suelo, con la brisa a su alrededor, se sintió solo.  No sabía como seguir, ni que debía hacer, ya no tenía familia, ni amigos; quizás cuando la noche terminase su cuerpo volviese a ser el mismo, pero sin nadie a quien le importase, ¿Estaba realmente viviendo?
Se dio cuenta de la fragilidad de la existencia, y del único motor que la impulsa, el amor. Se reincorporó y camino hacia la cornisa, le pidió perdón a su única y eterna amiga, la luna, y se dejó caer.

Milagros Villarraso