Realizado por Mateo Cornejo, 1º "A"
El Sol se reflejaba intensamente a través de la ventana del coche, y el viento refrescante se filtraba en el interior del mismo. El atardecer marcaba el final del día, la tranquilidad era total en aquel asiento en el cual descansaba un hombre joven de veintitantos años, de estatura media, y contextura delgada esperando a llegar a su destino sumido bajo el cansancio de un día complicado.
- ¡Llegamos!- gritó el conductor interrumpiendo el descanso de su pasajero -, son $480 señor.
- Claro – decía mientras se desperezaba y rápidamente dejaba un gran manojo de billetes sobre la mano del conductor -, aquí tiene y quédese con el cambio.
El hombre cerró la puerta del taxi y observó cómo se alejaba entre la multitud de autos convirtiéndose en otra luz que iluminaba la gran avenida Congreso. Se dio media vuelta mirando hacia el gentío buscando a una persona en particular, sus ojos se movían desesperadamente buscando a aquel alma que tanto esperaba.
De pronto sintió que un objeto duro se presionaba contra su espalda baja y que una voz le estaba susurrando al lado de su oreja mezclada con su respiración.
- Acompáñenos señor Alexis Diavén – decía la grave voz que pudo identificar como la de un hombre.
Alexis fue guiado hasta la avenida Corrientes con un arma que se apretaba más fuerte cada vez que un policía pasaba junto a él y su secuestrador. Luego de unos minutos, se detuvieron frente a un teatro del cual se retiraba la gente hasta que un coche se detuvo frente a ellos y fue obligado a ingresar en él. Una vez dentro, el conductor aceleró el coche alejándose de aquella avenida y el hombre que había ingresado junto a él le golpeó la cabeza dejándolo inconsciente.
Cuando despertó estaba tirado en un cuarto oscuro y vacío, se levantó y esperó a que alguien abriese la puerta.
Al oír pasos cercanos a la habitación se apresuró a colocarse detrás de la puerta. De pronto, los pasos se detuvieron y pudo escuchar el característico de un llavero agitándose en las manos de aquel que se hallaba detrás de la puerta; la luz dejó de pasar a través de la cerradura de la puerta y los puños de Alexis se apretaron a la vez que su respiración se cortó, mientras su corazón se aceleraba con cada vuelta de la llave, pudo sentir una gota de frío sudor deslizándose por su sien cuando el picaporte se giró y la puerta se abrió.
Bajo la escasa luz que ingresaba por la puerta semiabierta Alexis identificó al sujeto como un hombre de espalda ancha, hombros caídos y ceño fruncido, no lo pensó dos veces cuando se abalanzó sobre él y le asesto un fuerte golpe a la garganta, entonces, la adrenalina recorrió su cuerpo al ver el débil brillo de un cuchillo que se alzaba desde la cintura de su adversario, y rápidamente cerró la puerta, apagando la luz en la habitación. Desafortunadamente, aunque Alexis frenaba la mano que empuñaba el arma no pudo evitar recibir un cabezazo y caer de espaldas, desesperado, comenzó a patear hacia el pecho del otro, que ya estaba casi en pie. Él no era consciente de que detrás de su enemigo estaba el picaporte de la puerta, lo supo cuando su pie atinó a darle en la mandíbula y sintió el choque de sus dientes que hizo que su cabeza se inclinase hacia atrás golpeando su nuca contra aquel objeto.
Sintiendo solo su corazón, Alexis se levantó lentamente y se dirigió hacia la puerta, cuando se dispuso a abrirla, los escalofríos no lo dejaron sentir más que la sangre de aquel hombre en el picaporte; por primera vez, sentía miedo de sí mismo. Fuera de la habitación se topó con una escalera que guiaba hacia arriba hasta una puerta abierta, la subió rápidamente y al llegar a su extremo se encontró en lo que sería la sala de estar de una casa, pero con un hombre rojo de furia que le apuntaba con un revólver.
-¡Ven aquí y borra lo que ibas a publicar en el diario esta mañana! – le gritaba rabiosamente el hombre en cuestión mientras le señalaba un ordenador portátil sobre la mesa.
Alexis corrió hacia el sótano huyendo de su posible asesino, pero un par de disparos lo hicieron caer hacia el final de la escalera, para su sorpresa una sola herida sangraba de su pierna derecha y no escuchó movimiento alguno de su enemigo arriba.
Luego, un policía se asomó por la puerta que daba al sótano y corrió en auxilio de Alexis.
- Señor Diavén, está seguro ahora, ¿se encuentra bien? – preguntaba el uniformado.
- Gracias oficiales ellos eran los hombres del gobierno que me perseguían y la razón de mi llamada anoche – decía muy agradecido y asustado Alexis mientras era asistido para salir de allí.
Alexis Diavén se encargaba de piratear información oculta de los malos accionares de los hombres corruptos con cargos importantes en el gobierno y publicarlos en un diario, y había sentido que por primera vez saber más era peligroso tanto para otros como para él.