Por Nereo Minnicelli y Francisco Bertuzzi
Nicolás Fernández era un fiel General de su Patria; alto, fornido, de ojos oscuros, pelo enrulado y marrón, le faltaba un dedo. Tenía tez morena y era elegante, inteligente, audaz, sincero y se posicionaba el lo alto de la sociedad. Hizo sus estudios de armamento en España.
Se encontraba en su casa redactando una carta a su fiel ayudante José Gómez, quien estaba viajando a España por temas laborales, cuando a Fernández se le dió por pedir un trago para proceder con su escritura hacia Gómez. Le pidió si podía venir de inmediato para liberar un pueblo ya ocupado desde hacía cinco años, el cual estaba situado en La Pampa.
Luego de solucionar sus problemas en España, Gómez llegó a su casa donde se hallaba alojado y se encontró muy extrañado al hallar una carta de su amigo Nicolás Fernández, ya que él no solía escribirlas. Procedió a leerla. La carta decía:
“La Plata, Buenos Aires, 29 de enero de 1890”.
Estimado soldado Gómez:
Quería comunicarle que durante su ausencia, los “Godos” han invadido nuestro pueblo más antiguo de La Pampa, Santa Rosa, llegando con un barco desde Barcelona hasta Bahía Blanca y luego a mula y a caballo. Mediante esta carta le ordeno como soldado que vuelva urgentemente para recuperar lo que nos corresponde.
Saludos,
General Fernández.
P.D.: Cuando finalice de leer, queme la carta, para que nadie se entere de lo ocurrido.”
Inmediatamente el soldado José, preparó su goleta para zarpar esa misma noche, bajo la luna nueva.
Durante su viaje se preparó mentalmente para la batalla en La Pampa. Después de 72 largos y duros días, desembarcó en el puerto de La Plata. Al bajar de su barco se encontró con su viejo amigo Fernández luego de 5 años sin verlo. Lo encontró con una gran familia, que junto con él, le explicaron todo lo sucedido en Santa Rosa.
Al llegar a la casa del General, ubicada en La Plata, Nicolás lo invitó a cenar y hospedarse allí. En la cena, la esposa de Fernández, sirvió unas deliciosas empanadas criollas, que ella misma había cocinado.
Mientras charlaban de todos los aspectos que habían cambiado en el País como la política y la economía. También el General le comentó al soldado que saldrían al cuartel apenas asome el sol y se fueron a dormir.
Al amanecer, el General y el Soldado, partieron hacia el cuartel de Santa Rosa, según Nicolás llegarían al atardecer. Cuando llegaron allí los soldados los recibieron con gritos y aplausos.
Luego de dos semanas de preparación física, mental y de armamentos, partieron al lugar donde se libraría la batalla, y según lo planeado llegarían en dos horas a caballo.
Al llegar a la arena de batalla, prepararon sus armas y estuvieron listos para comenzar.
El General Fernández dio la orden de atacar e izar la bandera Argentina. Al cabo de tres días, los españoles cayeron de rodillas ante los argentinos, pero un español, un día antes de que termine la batalla, disparó su mosquete matando así al Teniente Mariano Di Paolo, el Teniente cayó en los brazos del Soldado Gómez, un gran amigo suyo, y este mismo lo llevó de regreso al cuartel para el entierro.
Al regresar, Nicolás llamó a su familia para darle la triste noticia. Hubo llantos en la ceremonia de entierro y se le entregó la medalla de honor a su familia, para galardonar al soldado Mariano Di Paolo, por defender a su patria y entregar su vida en ella. Esta misma se le otorgó a todo el Ejército Argentino.
Ya en su casa el General Fernández, estaba con su familia con el nuevo Teniente Gómez. Ellos estaban festejando su victoria hacía 3 meses. Comieron un rico locro tradicional y bebieron el mejor vino de su colección. Al finalizar la cena alguien llamó a la puerta, uno de los esclavos de Nicolás atendió, preguntó quién era y resultó ser el enemigo del General y del Teniente, el mismísimo Ernesto García quien era el más temido de toda la tierra española. García preguntó si podía hablar con el General Fernández, éste accedió y fueron a conversar afuera. Pasados un par de minutos, el Teniente Gómez se empezó a preocupar, agarró su mosquete y lo cargó. Al acercarse a la puerta se escuchó un disparo. Así el Teniente abrió la puerta, miró al General que yacía en el piso, ensangrentado por la abertura en su pecho. Al ver a Ernesto García correr le apuntó y le disparó, este mismo cayó de inmediato. Gómez corrió a ver al General ya muerto y avisó a su familia.
Luego del entierro, el Teniente con todos sus ahorros, construyó una capilla en honor a su General Nicolás Fernández, donde sería trasladado para quedarse allí para siempre.
En su lápida decía:
“Nicolás Fernández
1840 – 1891
Servidor de su Patria”.