Por Patricio Becce, 3º "A"
Agustín era un ciudadano como cualquier otro, y todos los jueves recorría las ruidosas y enormes calles con el fin de entregar los encargos que su jefe le confiaba el día anterior.
Pero el 30 de octubre de 1976, no fue un día como cualquier otro, se sentía cierta tensión en el aire, a pesar de no haber nada inusual. Esta sensación es la que recibió Agustín al salir de su casa en su día de caminata semanal.
Esto no impidió que recorriera las veinte cuadras cercanas al obelisco por las que solía caminar semana tras semana, siempre chocando con empresarios apurados, mujeres rodeadas de niños, y esperando en cada esquina el cambio de semáforos, que era interminable.
Cuando acabó con su trabajo y el Sr. Domínguez, quien era su jefe, le dejó el resto del día libre, decidió tomar el camino de regreso a casa. En este trayecto pudo ver que una mujer lo seguía, en un principio pensó sería una simple coincidencia, ya que son calles por las que miles y miles de personas transitan cada día. Pero luego de dar algunas vueltas innecesarias por calles menos transitadas supo que no era una casualidad, sino una persecución.
Si bien el aspecto de Agustín no era el más intimidador, se consideraba a sí mismo bastante ágil, fuerte y como en su adolescencia había tomado algunas clases de boxeo, decidió doblar en una esquina y esperar a su persecutora, con el fin de revelar las intenciones de ésta. Tal como había planeado, la mujer se acercó a la trampa y mientras Agustín la sujetaba, dijo:
- Quiero que me digas quién sos y por qué me estás siguiendo.
La joven y hermosa mujer tenía una figura esbelta, un pelo rojizo, pecas, ropa elegante pero en mal estado, y lo que más sorprendió a Agustín fueron sus ojos verdes y sus labios de color rojo sangre, de los que no salía ni una palabra.
Esta chica se soltó de los brazos de su captor y le hizo señales a este para que la siguiera. Agustín no era una persona ignorante ni mucho menos, sabía que cada día ocurrían robos, secuestros, entre muchas otras situaciones.
Pero no, Agustín notó algo particular en esa dama, una atracción que no podía explicar, cuando estuvo cara a cara con ella y vio sus ojos sintió que debía seguirla. No se podría decir que estaba hipnotizado ya que sabía los que hacía, pero tampoco tenía el pleno control de su cuerpo, el movimiento de la dama hacía que sus piernas no lograran hacer otra cosa que no fuera seguirla.
La hermosa mujer comenzó a llevarlo por calles desconocidas para el joven, y tras veinte minutos de caminata llegaron frente a una vieja casa, pocas como esa había en la ciudad, pequeña, oscura, destruida por los años y con cierto aire de misterio.
Estuvieron varios minutos frente a la entrada de la casa, y cuando Agustín tomo valor para decir unas palabras, la mujer sacó una pequeña llave de sus vestimentas y con ella abrió la pequeña puerta de madera que tenía la casa.
La dama entró y con ella su acompañante, desde la entrada lo guió hasta una habitación en la que apenas cabían los muebles, una vez dentro de los dos, la mujer se colocó frente a un extraño espejo que ocupaba gran parte de una de las viejas paredes tapizadas.
En este no aparecía un reflejo, sino que permanecía exactamente igual con o sin la dama enfrente. Sin embargo, una imagen borrosa comenzó a formarse hasta que Agustín pudo vislumbrar a la misma dama, pero completamente diferente. Su hermoso rostro estaba cansado y sucio, su ropa era mucho peor y estaba en peores condiciones.
A la sorpresa, le siguió el miedo, los ojos de Agustín no creían lo que tenían delante de ellos. Era un mal sueño, tal vez. Una alucinación, improbable pero posible. No, nada de eso, el escalofrío que recorrió su espalda era muy real.
- ¿Qué sos?- preguntó Agustín sin esperar respuesta por parte de la mujer frente a él.
Efectivamente, esta no respondió. Su reflejo lo hizo.
- ¿Qué soy?- dijo- Muchas cosas. Un alma sola, una mujer destruida, un espíritu si así lo prefieres. Pero aciertas al descartar que soy producto de tu imaginación.
La dulce voz era lo único que irrumpía el silencio sepulcral de la habitación, y siguió:
- Me sitúo en algo así como le dicen los mortales: el Limbo. Pero no por eso soy o fui, en mi tiempo de vida, una mala persona, es más, mucha gente me consideraba un ejemplo, un modelo a seguir y sobre todo una fiel amiga. Pero eso sea acabó hace ya décadas. ¿Te satisfice con mi respuesta?
- Si. Bueno… En realidad no- dudé- Siendo sincero, no lo sé.
- No por estar encarcelada aquí, creas que no percibo tu temor.
- ¿Qué querés de mí entonces?- pregunté asustado- No soy nadie importante.
- Solo quiero que alguien me ayude- dijo entre lágrimas la bella dama- Una maldición me tiene atrapada aquí. La única forma de liberarme es enterrar mis huesos junto a los de mi amado en el cementerio de Recoleta, solo te pido que hagas eso por mí y nunca volveré a molestarte.
El mito tomó por completo el cuerpo de Agustín, lo único que pasó por su cabeza fue correr hacia la entrada y golpearla sin parar.
- No corras. Será mucho peor para ti y para toda la ciudad.
Al escuchar esto Agustín golpeó, pateó, gritó y se desesperó aún más y destrozó la puerta hasta que por fin esta cesó. Aunque las piernas de Agustín temblaban y su respiración era cortada. Escapó de aquella casa lo más rápido que pudo, pero no sin antes escuchar un grito desgarrador.
- Corre, escóndete pero te encontraré y cuando lo haga solo recuerda que los hombres estúpidos no prevén las consecuencias de sus actos.
Desde aquel día, Agustín rezó cada noche para no volver a ver a este terrorífico espíritu. Al fin y al cabo, el hombre necesita creer en algo aunque sepa en su interior que la inevitable verdad es distinta.
Los siguientes años de la ciudad fueron horribles para todos sus habitantes, una plaga de ratas acabó con los alimentos y el turismo, y la propagación de enfermedades afectaron al 87% de la población.
Agustín sabía que no podía ser una simple coincidencia, y comenzó a investigar en libros, enciclopedias, y a consultar a toda persona que afirmaba haber tenido experiencias “paranormales”. Varios meses después, encontró a un anciano que había pasado por una situación similar a la que Agustín había sufrido tiempo atrás.
El septuagenario le contó, con cierta inquietud, que en su juventud una dama de ojos verdes los había conducido a una casa antigua, algo que llamó la atención de Agustín fue la claridad con la que recordaba a la dama, cosa que no pasaba con la mayor parte de detalles en su historia. Una vez allí, la doncella se puso frente a un espejo pero ningún reflejo aparecía en él. Desde ese instante en adelante, el hombre no recordaba más que ciertas imágenes que el hecho de solo recordarlas lo hacían temblar.
La investigación de Agustín lo llevó a encontrar una antigua leyenda Argentina en la que un fantasma llevaba a jóvenes a su casa para luego hacerse con su cuerpo. Pero en verdad no era un fantasma, sino una plaga, que podía tomar una forma física u ocupar la mente de la víctima para llenarla de pensamientos tristes que lo conducirían a la depresión.
Algunos años después Agustín no aguantó más la culpa de su acto, ya que sabía que todo el sufrimiento de la ciudad no era responsabilidad de otro que de él mismo y optó por quitarse la vida, la muerte era el único lugar donde por fin encontraría la paz.
Lo único que se encontró en su departamento de soltero fue una simple carta que decía:
“Todo lo que está pasando es por mi culpa, no quieren saber el cómo ni porqué, pero lo único de lo que deben estar seguros es que no cabré en el papel de héroe. Ni siquiera sé si soy el villano, lo que tengo claro ahora mismo es que jamás estaré tranquilo en esta vida. Aunque termine toda esta situación, no soporto la idea del sufrimiento que todos resistieron por mi culpa y simplemente me queda decir… Perdón”
Un mes después la plaga cesó y comenzaron los trabajos para devolver a la ciudad a su antiguo esplendor, al menos hasta que el espíritu encuentre otra víctima que atormentar.