Por Catalina Garcia Viqueira, 3° "A"
Hace mucho tiempo, una chica de 15 años llamada Natalia, llevaba una vida sombría, solitaria, llena de tristezas y frustración. Todas las noches, apoyaba su cabeza en la almohada con la que se transportaba a un mundo fantástico, idílico, soñado, donde, sin lugar a dudas, se sentía plenamente feliz; rodeada de sus pares, en plena libertad, extendiendo sus alas para bailar al compás del viento.
Al sonar el despertador, ella amanecía y su realidad sombría la volvía a atrapar, sintiendo un fuerte aprieto en el corazón, el que se disipaba cuando agarraba su bicicleta y paseaba por el Parque Centenario. Una tarde de primavera, mientras contemplaba el movimiento de los árboles con el viento, giró su cabeza y vió el anuncio del Museo Nacional de Ciencias Naturales, una Mega Exposición de las Mariposas del mundo, lo que le llamó muchísimo la atención porque en sus suelos siempre se veía acompañada por mariposas. Llamó a su amiga Leti para organizar cuando podrían ir, sin recordar que su amiga se iba de vacaciones.
Sus días continuaban en la monotonía de siempre hasta que una tarde, luego se dio cuenta, la mejor tarde de su vida, decidió entrar al Museo a recorrer la muestra.
Sus ojos brillaban como dos soles y sintió una paz interior muy profunda, similar a la que sentía en sus sueños. En una de las salas se encontraban las mariposas azules del Amazonas, una increíblemente bella, delicada y sin embargo con una fortaleza inusual gracias a su tamaño, atrapó su mirada.
Sabiendo que podía cometer un gran error, ya que si la veían seguramente sería echada del lugar, se arriesgó y acarició sus patitas que sin saberlo estaban llenas de espinillas, muchas de las cuales quedaron clavadas en su índice, sintió una pequeña molestia pero no le dio importancia y siguió recorriendo la presentación hasta su cierre. Le costó mucho irse ya que se sentía como en casa.
A la mañana siguiente mientras se duchaba, notó que su dedo estaba colorado, le mostró a su mamá quien le quitó importancia y le recomendó una crema antiinflamatoria que tenían en el botiquín, pero como se le hacía tarde para entrar al colegia, salió sin colocársela. Mientras estaba en clase comenzó a sentir una comezón importante, al principio en sus piernas y luego se fue extendiendo a todo el cuerpo. Al llegar a su casa, se colocó la crema que le había dicho su mamá y se fue a dormir, muy entusiasmada porque sabía que se encontraría con las mariposas que había visto en el museo.
Una sensación de bienestar desconocida recorría su cuerpo y su corazón, cada día comenzaba con una sonrisa y se sentía con ganas de encarar el día de una forma diferente, con alegría, con amor. Se miró al espejo al peinarse y vió que tenía dos diminutas antenitas a los costados de la cabeza, muy asustada corrió a mostrarle a su mamá, quien al revisarla no encontró antenita alguna.
Siguieron pasando los días y su vida se iba encaminado de bien en mejor, empezó a socializar más con sus compañeros en el colegio, sus notas comenzaron a progresar porque tenía más voluntad para ponerse a estudiar, escuchaba música, bailaba…
Por las noches continuaba con su sueño recurrente, volando de flor en flor en el bosque encantado, en compañía de las hadas y los gnomos carpinteros y cada vez se sentía más cerca de ellos. En un momento sintió que estaba totalmente inmovilizada con mucho door en la espalda, así permaneció seis días en cama y la sábana enredó todo su cuerpo, sintiéndose protegida y perfectamente cuidada.
La fiebre era resistente y su mamá no se despegaba de su cama, velando por ella día y noche.
Durante los días de letargo, sus piernas y brazos se convirtieron en seis delicadas patitas, su boca en un largo y fino apéndice libador, su vista se agudizó y se formaron unas diminutas alas en su espalda. las que iban creciendo con el paso de los días. En un momentos se rompió el capullo y pudo asomar una pata, luego otra, luego un ala, luego otras hasta que se liberó completamente del capullo que la contenía. Extendió libremente sus alas y al ver el reflejo en el lago, no pudo creer los que veían sus ojos , se había transformado en la maravillosa mariposa azul de sus sueños y podía volar acompañando la brisa de la mañana, apoyada por sus amigas las hadas y los otros seres mágicos del bosque.
Cuando su mamá le trajo el desayuno a la cama, se sorprendió con el cambio de ánimo que había tenido su hija, se la veía radiante, brillaba, había vuelto a ser el sol de las mañanas, la alegría de la casa, hasta el perro la fue a saludar con su cola inquieta y el gato no dejaba de darle besos rasposos.
Y así fue, como gracias a un sueño pudo encontrarse a sí misma y dejar el pasado atrás.