lunes, 9 de noviembre de 2015

El Sueño

Por Vittor, 3° "A"




Mi barrio, con sus calles arboladas y sus casonas antiguas es uno de los más tradicionales de la ciudad, cuya avenida principal es ruidosa y transitada. Además, en ella funcionan numerosos centros comerciales, confiterías, cines y demás sitios de esparcimiento, con un movimiento muy importante que se prolonga hasta las últimas horas de la noche.
Algunos decían que nuestra casa era un poco misteriosa. Sus paredes parecían tener dibujos, por eso algunos niños de la zona se paraban en la vereda de enfrente para mirarla. Ellos contaban que habían visto grandes monstruos, o batallas con fuertes soldados. En cambio, las niñas podían ver princesas y caballeros quienes parecían salir de cuentos de hadas.
Cuando nadie me ve, ni siquiera Sonia, mi esposa, me sitúo en el mismo lugar de mis pequeños vecinos tratando de poder descubrir alguna silueta conocida, una obra de arte o algo parecido. Siempre quise imaginarme algo aunque nunca pude ver nada más allá que las manchas de humedad que cada día iban creciendo. Quizás las miradas ingenuas las alimentaban aunque  nunca pudimos descubrir de donde venían.
Para aquellos que no traspasaron la puerta de mi casa o alguna otra de antaño (como la nuestra) perdieron la posibilidad de vagar sobre pisos de pinotea con tablones angostos y largos; que al caminar rechinaban. No hay madera más noble ni nostálgica que la que teníamos, ella apretaba y escondía nuestros secretos. La casa era de esas construcciones  de las que ya no existen, tenía diez ambientes y un jardín. Sonia decía que estaba lleno de plantas pero para ser sincero no me gustaba estar en ese sector. Su ambiente preferido era la cocina, el mío la habitación.
Mi esposa era la que siempre decía que la casa era demasiado grande para nosotros.  La cual era tan amplia y melancólica que no quería ni pensar en la idea de Sonia de venderla. Esas paredes, los cuartos, la cocina, los olores, los silencios y las rutinas eran los pedazos de un rompecabezas de nuestras propias vidas.
En casa era todo muy monótono. A las siete sonaba el despertador, escuchaba la voz de Sonia, sus palabras eran enérgicas, aunque cada día más débiles. Yo me levantaba como podía, sin apuro, cosa que la ponía de muy mal humor. En el desayuno, cruzábamos pocas palabras: un buen día, cuidado el café está caliente, luego (al final de todo) nunca falta: no te olvides el abrigo, la sube… ¿ni la llevas? Con un adiós salía de casa. Caminaba todas las mañanas  hasta la parada del colectivo; a pesar de los días de lluvia, me gusta el viaje en colectivo; donde nadie me habla, ni nadie me dice lo que tengo que hacer, solo floto y licuo mis pensamientos hasta llegar a destino (mi humilde oficina).
Allí se encontraban mis  colegas donde transcurríamos interminables horas frente a la computadora. Interminables, pero no aburridas ya que la pasábamos bastante bien gracias a las charlas diarias con mis compañeros sobre temas realmente interesantes. Ricardo, un hombre de mediana edad, era muy simpático, inteligente y educado. Beatriz era totalmente lo contrario, no se llevaban mal, pero eran como el blanco y el negro, como el agua y el aceite. Era de esas personas sociables pero totalmente entrometida con todas las cosas que se encontraban a su alrededor. Te podía llegar a decir hasta el color del cepillo de dientes de cada vecino de la cuadra, algo raro, pero cierto. Ricardo no se preocupaba mucho en la vida de los demás: dedicaba todo su esfuerzo a que el negocio prosperase; aunque si tenías una duda o un problema sobre algo, no dudaba en ayudarte. Me llevaba  muy bien con él, pero por desgracia Ricardo abandonó el trabajo, ya que, con la capacidad e inteligencia que tenía decidió irse al extranjero. Nunca más volví a escuchar algo sobre él.
Después del trabajo, cada día más cansado y frustrado, volvía a casa para después de la cena ir a dormir junto a mi querida esposa.
Quien se recostaba sobre el lado derecho justo al lado de la puerta, en cambio yo me encontraba del lado izquierdo, frente a la ventana.
Ese día, pasó algo diferente. Que, con el transcurso del tiempo, me iba a dar cuenta de que ese hecho cambiaría mi vida. Esa noche de invierno tuve un sueño, y no cualquier sueño, sino que en ese sueño estaba yo. Me encontraba en un parque, o eso parecía, ya que, había mucho verde y flores por doquier. Era raro, pero en ese parque inmenso impregnado de vida, solo había un árbol (muy chico por cierto) donde se sentaba un niño de espaldas jugando con un balero. Bastante peculiar que un chico de esa edad este jugando con un balero en esta época, ya no se fabrican – pensé.
En el momento que se me ocurrió acercarme lentamente hacia esa misteriosa persona, desperté. Desperté de la peor manera posible, cayéndome de la cama de una forma seca y tosca, golpeándome la cabeza contra la mesita de luz. Sonia, que tiene un sueño liviano, se levantó lo más rápido posible para ayudarme a levantar. Más allá del dolor de la ocasión estaba en la duda de si volvería a encontrarme con ese niño.
Tranquilo y sin apuro, todo volvía a ser repetitivo como antes. El desayuno, el café caliente, la infaltable pregunta de mi esposa con el tema de la sube, el mismo colectivo, el mismo trabajo... Solo una cosa cambió, ya no estaba Ricardo, ahora teníamos un nuevo compañero de trabajo, llamado Yui. El cual era un japonés recién egresado que vino a la argentina por temas laborales, era muy inteligente y educado; aunque no hablaba nuestro idioma.
Al finalizar el trabajo no quise ir en colectivo hacia mi casa, quería cambiar un poco esa rutina la que ya me tenía bastante cansado. Así que paseé por esas largas calles de mi arbolado barrio mirando a la gente caminar por la vereda de enfrente, los autos de turistas paseando por la ciudad y otras muchas cosas bonitas que si hubiese ido en colectivo las vería desde una distancia de la cual hoy ya no quiero contemplar.
Al llegar a mi casa, un poco más tarde de lo normal, Sonia me preparó una deliciosa comida acompañada con la mejor reserva de vino. Le pregunté por qué había hecho tal cena en un día tan común y corriente como lo era ese. Estoy cansada de tanta rutina… - respondió.
Con una leve sonrisa en nuestras caras nos fuimos a dormir. Yo, con muchas ansias de soñar de nuevo. Y es así como ocurrió; volví a soñarlo, a ese niño, a ese árbol no tan grande que cada vez iba creciendo, a esas rosas y margaritas que mi esposa regaba. Consciente de que el niño se encontraba de espaldas me acerqué a él. Esta vez ya no tenía un balero si no que se encontraba con un hermoso par de canicas verdes. Le sonreí, me sonrió y entonces: me senté junto a él. No sé porque pero  fue el único movimiento que pude hacer. Me encontraba inmóvil como en una foto. Aunque el niño seguía jugando con esos pequeños mundos de diferentes colores.
Mi amor, mi amor, escuché una voz desde lejos. Era Sonia. Me apuré con el desayuno, salí despeinado y me olvide la sube.
Me di cuenta de lo último en el momento que quise subir al colectivo, así que caminé hasta el trabajo. Normalmente estaría muy frustrado por ese tipo de cosas, pero hoy era diferente: estaba feliz.
En el momento de trabajar me puse serio hice todas las planillas que me habían pedido para ese día, me compré un café y volví hacia mi casa. Cuando llegué Sonia estaba en el jardín regando las flores. Sin darme cuenta pasé el umbral y le pregunté qué quería de cenar. Ella me miró extrañada.  Dejó el riego y se acercó con un fuerte abrazo de bien-venida.
Esa noche cociné yo. No sé bien porque pero fue una noche mágica, diferente. Esta vez no me fui a acostar, me quedé con ella.
Mientras Sonia lavaba los platos, yo los secaba. Luego fuimos de la mano a la cama. Con un suspiro y cierta felicidad entre charlas y sonrisas, nos fuimos durmiendo.
Cuando cerré los ojos entré en un sueño profundo, esta vez el niño ya no estaba, había un hombre, de su mano se le caían verdes canicas que resonaban en mis oídos. De pronto, empieza a alejarse.
Intrigado le grité:- “¡Espera!, ¿dónde está ese niño que siempre soñé?“. En ese instante, él giró hacia mí. Al verlo, me quedé pasmado. Él era yo y yo era él.