La historia que les voy a narrar
cuenta cómo yo, un hombre que creía que era normal, pudo y todavía puede
transformarse y destransformarse a placer en un cadejo. Algunos pueden
considerarlo magia negra, otros tabú, pero yo considero que esta “bestia” no es
nada más que la representación del bien y el mal en dos cuerpos distintos, uno
perteneciente a cada uno. El blanco representa el bien y está siempre cerca de
uno, protegiéndolo (para la mitología de la cultura nicaragüense es considerado
como un ángel guardián) y el negro, que representa al demonio, es la maldad que
uno lleva adentro y que cuando estas se manifiestan, el negro predomina sobre
el blanco.
Estaba en mi cama durmiendo, como
todas las noches, y una figura, de apariencia lobezna y blanca, empezó a dibujarse en mi sueño. Primero su
silueta, grande e intensa, luego su pelo blanco como nieve en pleno invierno,
seguido de las uñas de un color metálico
y filosas como cuchillas, luego sus dientes blancos como marfil y por último,
lo más atrapante y cautivador, los ojos, unos ojos celestes como el cielo. Me
quedé tieso en una pieza mirándolo fijamente a los ojos, como hipnotizado, y de
repente se abalanzó hacia mí. Seguido de esto me desperté de súbito y pegué un
salto, estaba sudando y mi corazón latía muy rápido. Me quedé sentado un rato
hasta que me tranquilicé y me volví a dormir. Estos sueños no eran la primera
vez que se me presentaban, desde que era adolescente empecé a tenerlos, pero en
estos últimos años con más intensidad y con la bestia cada vez mejor formada
más grande y atrapante, cada vez más real.
A la mañana siguiente me
desperté, desayuné y salí a trabajar. En el trayecto sentí una presencia
extraña que me seguía y observaba. Giraba a cada rato para verificar si había
alguien pero no había nada ni nadie, solo yo caminando por una calle desolada
de Parque Chas. Durante todo el día estuve pensando en este último sueño que
había tenido, qué significaba, porqué la bestia me atacaba y si la sensación
horrible de ser observado por algo en la calle tenía que ver con ese sueño.
Llegué a mi casa alrededor de las 10 de la noche, fue un día particularmente
pesado, mucho trabajo y muchas sensaciones y pensamientos incómodos y
perturbantes, y decidí irme a dormir rápido. Comí, no recuerdo qué, me bañe y
me fui a acostar. Era de madrugada cuando empecé a soñar otra vez con una
silueta igual y más perfecta a todas las anteriores, preví que iba a pasar lo
mismo que las otras veces pero estaba errado. Después de la aparición completa
de la bestia, esta no saltó, sino que me habló, sí me habló y yo logré
entenderla. Me dijo: “soy tu cadejo blanco... no temas yo soy tu protector”, y de
súbito, otra vez me desperté, pero no pude lograr volverme a dormir, estuve
paseando de punta a punta de la casa pensando en este extraño y perturbador
sueño y no pude lograr entender qué significaba.
Al día siguiente, ya en el
trabajo, me puse a buscar en la computadora qué era un cadejo y entendí que era
una criatura mitológica de la cultura mesoamericana representada por un lobo o
perro de apariencia sobrenatural y que había dos uno blanco y uno negro; el
blanco era el guardián de los hombres, el protector y el negro era todo lo
contrario, un demonio que mataba a cuanto niño y hombre que vagaba y asustaba a
toda criatura, los dos tenían una particularidad, sólo se aparecían en los
sueños y de noche, además de que nadie los podía ver en la vida real, sólo en
los sueños se aparecían. Excepto los nahual que eran brujos, quienes podían
crear un vínculo muy cercano con sus nahuales e incluso se afirma que algunos,
más preparados, podían hasta adquirir la forma de sus nahuales y utilizar esta
habilidad de diversas formas. Lo que averigüé me resultó muy interesante y me
puse a pensar que cabía la posibilidad de que yo fuese un nahual.
Cuando llegué a mi casa estaba
intrigado por saber si era, o no un nahual y recordé que tenía un árbol
genealógico desde hacía mucho tiempo que había heredado; vi que uno de mis
antepasados fue nahual en una tribu indígena mesoamericana y comprendí que yo
había obtenido sus habilidades de ver, sentir a los cadejos y quizás también
transformarme en cualquiera de los dos. Durante el resto de la noche me quedé
despierto meditando sobre este dilema, de que si puedo o no transformarme en un
cadejo y cómo podría.
Yo no era una persona muy querida
ni muy amigable, era un solitario, no tenía amigos, pareja o relación con mi
familia; era muy rencoroso y generalmente me llevaba mal con todas las personas
de mi trabajo. Debió ser por este motivo que cuando volví a mi casa fatigado y
molesto, con la férrea decisión de convertirme en un cadejo, en vez de
transformarme en uno blanco me transformé en uno negro. Esto empezó cuando me
senté, sin dormirme, a imaginarme la misma silueta que en mis sueños, el mismo
pelo, los mismos dientes, las mismas uñas y los mismos ojos, pero justo en el
último instante antes abrir los ojos me puse a pensar en todas las personas que
me caían mal y que, a mi criterio, trataban se hacerme la vida imposible. Creo
que por este pensamiento, toda la bestia que imaginé se tornó negra como la
noche, agresiva y despiadada como Astaroth y sus ojos se volvieron rojos como
llamaradas de fuego. Cuando abrí los ojos sabía que no era yo, que mi mente
estaba ahí pero mi cuerpo estaba dominado por esa bestia. Todas las cosas
horribles y sádicas que hice esa misma noche a todas las personas en quien
pensé no se pueden explicar ni tampoco imaginar lo espantosas que fueron, por
este motivo digo que nada más me arrepiento de todo lo que hice esa noche.
Volviendo a los hechos, antes de que saliera el sol, la bestia que me
controlaba volvió a mi casa y de repente volví a ser yo, volví a controlar mi
espíritu y mi cuerpo.
La conciencia no me dejaba en
paz, de solo pensar en cuantas personas que había torturado y asesinado. Apretaba
las manos y los dientes pensando en su sufrimiento, no hacía un paso sin pensar
en los gritos de agonía de todas esas personas suplicando que los dejara en paz
que tenía familia, y aun así yo deseaba volver a transformarme en el cadejo,
pero no en el negro sino en el blanco. Entonces al llegar a mi casa, sin comer
ni nada, lo único que hice fue repetir los mismos pasos, pero esta vez conduje
mi atención y mi mente hacia las pocas personas que quería. Fue así como al
abrir los ojos era otra vez una bestia pero esta vez no la maligna, sino la
protectora, pero seguía sin poder controlarla y yo solo veía lo que hacía; no
podía hacer nada solo mirar, y comprendí que todavía era un principiante en
esto y que tenía que aprender a controlarlo, pero esta vez estaba tranquilo
porque sabía que esta bestia no iba a lastimar ni perjudicar a nadie.
Al cabo de unas semanas estas transformaciones
eran cada vez más constantes y ya no podía controlar ni cuándo, ni en cual me
convertía, en cualquier lado, pero siempre de noche sin imaginármela me
transformaba en la bestia. Como no sufría dolor ni ninguna otra sensación antes
de transformarme no sabía bien cuando pasaba, solo me daba cuenta cuando estaba
en este estado porque no podía moverme, ni sentir nada,
solo podía ver los movimientos y las acciones de mi bestial cuerpo. Al ver que
esto sucedía tan repentinamente, no sabía en cual me convertía y no podía
reaccionar antes de que pasara tomé la decisión de que cada noche cuando
regresara a casa tapiaría todas las puertas y ventanas, y que nadie saldría ni
entraría de esa casa.
Hubo una noche, no recuerdo ni el
día ni el mes, pero sí que era invierno, que nuevamente tuve la metamorfosis,
pero sucedió algo muy extraño, cuando el cambio estuvo por finalizar, yo seguía sin poder moverme, solo ver, como era
normalmente; sentí una sensación como si mi espíritu se dividía en dos, la
parte blanca por un lado y la parte negra por el otro y vi, como si estuviera
en el mismo infierno, una profunda oscuridad y de repente las dos bestias
surgieron y comenzaron una ardua lucha. Iban tan rápido como un rayo, poco pude
ver solo el brillo de sus ojos unos rojos como el fuego y otros azules como el
cielo. Seguía viendo y de repente se pararon los dos, pero los ojos rojos
parecían que se desvanecían y fueron desapareciendo paulatinamente hasta
consumirse por completo y solo quedó la bestia blanca. Desde ese momento empecé
a sentir una alegría y una paz que me recorrió todo el cuerpo, no sentía
desprecio ni enojo por ninguna persona y todas las personas a las que yo
evitaba empezaron a agradarme, también empecé a hacer nuevas amistades e
incluso me conseguí una pareja.
Desde ese momento empecé a
practicar y controlar mi metamorfosis y puedo no sólo a través de mi forma bestial cuidar y proteger
a mis seres queridos sino también aprendí a hacerlo con mi forma humana.
Alumno: Patricio Gaillardou 4ºM