Por Mariano Inverni, 3° "A"
Era como el tercer día después de que esa tropa de cucarachas negras y amarillas se metiera en mi casa cuando abrí la ventana para echar una mosca que andaba molestando. La verdad es que me había parecido raro pero no le presté mucha atención. Lo que sí que me dejaba pensando era que a cada rato iban de un lado para el otro, en formaciones lineales perfectas, como si fuera un equipo de operaciones de rescates; con una coordinación que me asustaba. Yo salí del chino de la vuelta a comprar todo insecticida que le hiciera daño a las cucarachas. También para las arañas, porque bueno, me dan bastante asco. Aparte pueden aliarse y hablar en su idioma de insectos. ¿Cómo se llama? ¿Insectinglish? Qué sé yo, me estoy yendo de tema.
Avanzada la tarde, e indignado porque me habían dado el vuelto en caramelos que no me gustaba, volví a la casa con tres bolsas llenas. Llegué y apoyé en el porche las bolsas para sacar la llave que estaban medio guardadas en el bolsillo izquierdo. Con un poco de esfuerzo las saqué e iba a poner la llave en la cerradura, pero un golpe me detuvo. Me asomé por la ventana al lado de la puerta que daba al living (la que ya les había comentado). No vi nada extraño, así que me convencí de que era mi imaginación y entré, aunque un poco nervioso, con una lata de veneno en cada mano. Iba como un chico asustadizo en medio de una selva, sólo que yo conocía el lugar. Escuché otro golpe. Esta vez supe de donde venía, fuerte y claro. La cocina. Mi lugar en el mundo, donde demostraba mis habilidades culinarias como si fuera un ninja.
Me asomé. No pude ver algo más horrendo. Para hacérselas fáciles, era una cucaracha negra con líneas amarillas como si fuera una moto de Tron. Del tamaño de un golden. Sí, de un perro grande. De suerte no me vio y no tengo idea de cómo no me escuchó cuando entré. Sigilosamente, igual de ninja que cuando cocino, fui hasta un cuartucho donde tengo mis herramientas y un rifle de aire comprimido y balines de metal con los que practicaba puntería. Me llevé el rifle, cuatro cargadores y un hacha para cortar tronquitos. Cuando volví a la cocina fui a encarar al monstruo que acechaba mi casa. Solamente que ahora no había una, había cuatro. Imaginate pelear con cuatro perros de no sé con cuántas patas, una piel bastante dura y con pinta de sacarte una pierna en cualquier momento.¿No pudiste? Bueno, yo tampoco. Entonces le revoleé el hacha a la cabeza de una, y con éxito le dio y dejó de moverse y patalear después de un rato. Corrí hacia la calle. Ya para ese momento era de noche, y el hecho de que por algún motivo brillara hizo más fácil dispararle a las piernas. No era muy efectivo el tema de los balines, necesitaba clavarle como diez para que se le caiga una pierna. Por suerte era un cargador bastante grande, así que con uno dejé a una tirada en la vereda. Y así continué con mi batalla, que resultó mejor de lo que esperaba.
Después de mi tranquilizante victoria en mi aterrador encuentro con los bichos mutantes, me rendí en intentar entrar, porque sabía que había mínimo seis más. Lo que hice fue pedir ayuda a mi vecino de en frente, con el que me llevo bastante bien. Yo sabía que era bastante ágil, se le notaba. Hacía, una vez por mes, una maratón de 10 km y tenía su rutina diaria de ejercicios. A mi personalmente no me atrae mucho eso, pero cada uno es feliz con lo suyo. Lógicamente al principio pensó que era una broma o que me volví loco. Por ahí un poco de las dos cosas, pero salí y le mostré los cadáveres tirados en la calle, y su cara de "no me creo nada" desapareció.
Como si llevara esperando toda su vida este momento, fue a buscar unas navajas bastantes imponentes y una pistola. No quiero saber por qué tenía eso y la verdad, no me quejo.
Entramos en la casa como dos animales salvajes. Había dos cucarachas más al lado de su camarada caído en la cocina. Con un disparo de precisión mató a la que estaba más lejos y a la otra la apuñaló. Tomé mi hachita y maté a una que estaba en el living, mientras mi compañero me cubría con su pistola matando a los dos que quedaban allí. El primer piso parecía limpio, entonces subimos al segundo, donde estaba mi cuarto y mi sala de juego.
Limpiamos el segundo piso, e inmediatamente después de eso escuchamos un ruido como de monstruo mutante alienígena con baba y salive en todo su cuerpo. Bajamos a ver. Desde la ventana del living se veía la luz amarilla que desprendían los insectos. Era uno más grande. Más fuerte e imponente. Más patas, más largo, más todo, básicamente. No sé si tendrán alguna especie de reina o rey, pero se notaba que esta criatura estaba en esa clase. Usualmente un tiro bastaba. Pero ahora ni lo que quedaba en el cargador en el cargador alcanzó. Cuando intenté tirarle el hacha que llevaba desde el principio me golpeó con una de sus patas y me tiró contra uno de los autos estacionados por ahí. La alarma se activó. y como si fuera extraordinario e innatural salieron algunos vecinos con algunos insultos de por medio para que nos calláramos.
Me gusta la sensación de cuando sale todo bien y es más fácil. Ante la imponente criatura, todo aquel que se despertó trajo su arma. Cuchillos, palos, estaba el tipo fanático de lo japonés que apareció con una katana (que sorprendía como movía la espada).
Éramos cinco contra uno, y bueno, se le cortaron las patas, le dieron palazos, tenía dos cuchillos, y la katana lo cortaba como si fuera manteca.
-Ahí ya sabe lo que pasó, sargento.
-Bueno, bien. Por lo menos tenemos alguna ventaja contra ellos.
-¿Ellos?¿Hay más?
-No crea que usted fue el único con suerte.
-¿Y de dónde salió semejante bicho?
-Eso es información confidencial.
-Bueno, me conformo. Gracias por todo. Me voy al predio, por si me necesitan para algo.
Avanzada la tarde, e indignado porque me habían dado el vuelto en caramelos que no me gustaba, volví a la casa con tres bolsas llenas. Llegué y apoyé en el porche las bolsas para sacar la llave que estaban medio guardadas en el bolsillo izquierdo. Con un poco de esfuerzo las saqué e iba a poner la llave en la cerradura, pero un golpe me detuvo. Me asomé por la ventana al lado de la puerta que daba al living (la que ya les había comentado). No vi nada extraño, así que me convencí de que era mi imaginación y entré, aunque un poco nervioso, con una lata de veneno en cada mano. Iba como un chico asustadizo en medio de una selva, sólo que yo conocía el lugar. Escuché otro golpe. Esta vez supe de donde venía, fuerte y claro. La cocina. Mi lugar en el mundo, donde demostraba mis habilidades culinarias como si fuera un ninja.
Me asomé. No pude ver algo más horrendo. Para hacérselas fáciles, era una cucaracha negra con líneas amarillas como si fuera una moto de Tron. Del tamaño de un golden. Sí, de un perro grande. De suerte no me vio y no tengo idea de cómo no me escuchó cuando entré. Sigilosamente, igual de ninja que cuando cocino, fui hasta un cuartucho donde tengo mis herramientas y un rifle de aire comprimido y balines de metal con los que practicaba puntería. Me llevé el rifle, cuatro cargadores y un hacha para cortar tronquitos. Cuando volví a la cocina fui a encarar al monstruo que acechaba mi casa. Solamente que ahora no había una, había cuatro. Imaginate pelear con cuatro perros de no sé con cuántas patas, una piel bastante dura y con pinta de sacarte una pierna en cualquier momento.¿No pudiste? Bueno, yo tampoco. Entonces le revoleé el hacha a la cabeza de una, y con éxito le dio y dejó de moverse y patalear después de un rato. Corrí hacia la calle. Ya para ese momento era de noche, y el hecho de que por algún motivo brillara hizo más fácil dispararle a las piernas. No era muy efectivo el tema de los balines, necesitaba clavarle como diez para que se le caiga una pierna. Por suerte era un cargador bastante grande, así que con uno dejé a una tirada en la vereda. Y así continué con mi batalla, que resultó mejor de lo que esperaba.
Después de mi tranquilizante victoria en mi aterrador encuentro con los bichos mutantes, me rendí en intentar entrar, porque sabía que había mínimo seis más. Lo que hice fue pedir ayuda a mi vecino de en frente, con el que me llevo bastante bien. Yo sabía que era bastante ágil, se le notaba. Hacía, una vez por mes, una maratón de 10 km y tenía su rutina diaria de ejercicios. A mi personalmente no me atrae mucho eso, pero cada uno es feliz con lo suyo. Lógicamente al principio pensó que era una broma o que me volví loco. Por ahí un poco de las dos cosas, pero salí y le mostré los cadáveres tirados en la calle, y su cara de "no me creo nada" desapareció.
Como si llevara esperando toda su vida este momento, fue a buscar unas navajas bastantes imponentes y una pistola. No quiero saber por qué tenía eso y la verdad, no me quejo.
Entramos en la casa como dos animales salvajes. Había dos cucarachas más al lado de su camarada caído en la cocina. Con un disparo de precisión mató a la que estaba más lejos y a la otra la apuñaló. Tomé mi hachita y maté a una que estaba en el living, mientras mi compañero me cubría con su pistola matando a los dos que quedaban allí. El primer piso parecía limpio, entonces subimos al segundo, donde estaba mi cuarto y mi sala de juego.
Limpiamos el segundo piso, e inmediatamente después de eso escuchamos un ruido como de monstruo mutante alienígena con baba y salive en todo su cuerpo. Bajamos a ver. Desde la ventana del living se veía la luz amarilla que desprendían los insectos. Era uno más grande. Más fuerte e imponente. Más patas, más largo, más todo, básicamente. No sé si tendrán alguna especie de reina o rey, pero se notaba que esta criatura estaba en esa clase. Usualmente un tiro bastaba. Pero ahora ni lo que quedaba en el cargador en el cargador alcanzó. Cuando intenté tirarle el hacha que llevaba desde el principio me golpeó con una de sus patas y me tiró contra uno de los autos estacionados por ahí. La alarma se activó. y como si fuera extraordinario e innatural salieron algunos vecinos con algunos insultos de por medio para que nos calláramos.
Me gusta la sensación de cuando sale todo bien y es más fácil. Ante la imponente criatura, todo aquel que se despertó trajo su arma. Cuchillos, palos, estaba el tipo fanático de lo japonés que apareció con una katana (que sorprendía como movía la espada).
Éramos cinco contra uno, y bueno, se le cortaron las patas, le dieron palazos, tenía dos cuchillos, y la katana lo cortaba como si fuera manteca.
-Ahí ya sabe lo que pasó, sargento.
-Bueno, bien. Por lo menos tenemos alguna ventaja contra ellos.
-¿Ellos?¿Hay más?
-No crea que usted fue el único con suerte.
-¿Y de dónde salió semejante bicho?
-Eso es información confidencial.
-Bueno, me conformo. Gracias por todo. Me voy al predio, por si me necesitan para algo.
